Obra de la Cruz

Obra de la Cruz

Jesús, el hijo del carpintero, debió amar a los árboles pues habló de ellos con frecuencia: la higuera, el olivo, la mostaza, los cedros del Líbano, eran motivos de sus parábolas, de sus comparaciones o de sus hechos de vida.
Cuando, hace más de un siglo, quiso regalarnos la Obra de la Cruz y revelarnos su espiritualidad, usó también la misma figura:
“La Obra de la Cruz crecerá, será un árbol frondoso en mi iglesia, dará muchos frutos de salvación que darán gloria a la trinidad”
Le dijo a su sierva, Concepción Cabrera de Armida, a quien había elegido para revelarle esa espiritualidad y hacerla promotora de ese Obra:
“tú eres el tronco de esta nueva familia espiritual”
Una Obra que se expresa en cinco obras con matices diferentes:
  • Apostolado de la Cruz
  • Alianza de Amor con el Sagrado Corazón de Jesús
  • Religiosas de la Cruz del Sagrado Corazón de Jesús
  • Misioneros del Espíritu Santo
  • Fraternidad de Cristo Sacerdote
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A Gusto

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Reflexión de Encarnar el Evangelio

Fernando Torre Medina

Todos vivimos en comunidad: desde ese gran grupo que es la humanidad hasta los que vivimos bajo el mismo techo, pasando por el país, el estado el municipio, el trabajo, la escuela, la parroquia, la familia. Todos necesitamos de los otros y anhelamos relacionarnos bien con ellos, pero nos es difícil pues somos complicados.

Si quieres tener buena relación con los demás, sé sencillo.

Hay una sencillez que sólo se da en las cumbres de la vida espiritual. Yo trataré aquí de otra más pequeña: la sencillez “del diario”.

Todos conocemos sujetos a los que nunca se les da gusto. Con nada están satisfechos. A todo le encuentran “un pero”. De todo se quejan. Por el contrario, una persona sencilla es fácil de complacer. Sabe tomar lo bueno de todo; no se queja de lo negativo o deficiente sino que lo acepta o lo deja de lado. Quien es sencillo goza, con todo y disfruta las cosas pequeñas.

En compañía de una persona sencilla te sientes agusto. Es tratable. No te preocupas por si le gustará o no lo que haces. Es alguien con quien de buena gana harías un viaje de un mes.

La persona sencilla es sincera en su trato con los demás. Sabe decir lo que piensa; no calla la verdad por respetos humanos. Se define. Con una persona así, sabes a qué atenerte, pues su “sí” es un sí, y su “no” es un no (cf 1 Col 1, 19-20). Es llana, franca, sin doblez.

Como no quiere impresionar a nadie no exagera las cosas. Como no quiere justificarse ante nadie no minimiza su responsabilidad. Tiene la cualidad poco común de dar a las cosas su justo valor.

El sencillo se siente agusto consigo mismo. No le teme a la soledad ni huye del silencio pues es un buen amigo de sí mismo. Hay personas que se aborrecen de sí mismas: ¡qué insoportable debe ser vivir 24 horas al día con alguien que aborrezco! El sencillo ha unificado su interior, se ha reconciliado consigo mismo, se acepta como es y se ama (cf Mt. 22,39); por eso disfruta de su propia compañía.

El sencillo es lo que es. No aparenta ser más ni menos. Quiere ser mejor pero sin dejar de ser él mismo. Es una persona a gusto.

Que bello matiz adquieren muchas acciones si son enriquecidas por esta virtud: dar con sencillez (cf. Rm 6,8), recibir con sencillez, hablar con sencillez, orar con sencillez (cf. Mt 6, 7-8), vivir con sencillez.

Decimos que algo es sencillo, cuando es simple y natural. Pero “sencillez” tiene también el significado de ingenuo, bobo, inocente y fácil de engañar. Por eso Jesús, al recomendarnos ser “sencillos como palomas”, nos manda que seamos “astutos como serpientes” (Mt. 10,16). ¡Qué bien nos haría también vivir otras virtudes por parejas: prudencia y audacia, constancia y flexibilidad, paciencia y esperanza, humildad y eficacia!

Adquirir o desarrollar la sencillez no es tarea fácil, ya que es una de esas virtudes que solo se adquieren “de rebote”. Podemos esforzarnos por ser más ordenados o más puntuales, pero ¿como lograr ser más sencillos? La sencillez no es un conquista que realizamos sino un regalo que recibimos. Trabajar por ser sencillos consiste en disponernos para recibir ese don; es permitirle al Espíritu Santo que nos vaya simplificando.

La sencillez no consiste en ir adquiriendo algo sino en ir perdiendo complicación, composición, dobleces y artificios.

No es posible aparentar sencillez; inmediatamente “se ve el cobre”. Nada tan falso como una sencillez postiza y afectada. Es una contradicción complicarse la vida por querer aparecer sencillo, la sencillez podrá ser difícil pero no complicada. El que es sencillo ni siquiera pretende aparecer como tal.

Dichosos aquéllos a quienes Dios, a través de la naturaleza, el ambiente familiar o la educación, les ha dado la sencillez como rasgo de su personalidad. Pero estos afortunadamente son pocos. La mayoría hemos de ir simplificándonos con lentitud a base de trabajo y purificaciones progresivas.

Me resisto a presentar la sencillez de los niños como ejemplar, pues está entretejida de egocentrismo, vanidad y búsqueda de gratificación. Prefiero la sencillez de los santos ( y la de algunos adultos): sencillez sólida y probada.

Nuestra relación con Dios debe ser a gusto. Nada de protocolos ni temores sino que ha de estar impregnada de sencillez y confianza. Jesús escandalizó a sus contemporáneos por el modo como se relacionaba con Dios. El Dios de Jesús no era un Dios lejano y terrible sino un padre lleno de ternura a quien confiadamente llama “Abbá”, es decir “Papá” (Mc. 14,36; cf Jn 5,18). La relación de Jesús con su Padre no es infantil sino filial; es una relación que irradia sencillez. “Aprendan de mí que soy sencillo y humilde”(Mt.11,29),dijo Jesús. Él es el modelo de la sencillez. Seguirlo a él es lo que nos simplifica.

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